29.- Carta abierta a un cura pedófilo, por Pierre Durieux.

 

 Me ha gustado esta carta, por su contundencia y a la vez por su profundo sentido católico. Encontré la referencia en un tenso y por momentos desagradable debate, suscitado en el interesante y siempre concurrido blog de Bruno Moreno Ramos, Espada de doble filo. Un comentarista, “athos”, recomendaba la lectura de la carta que me he permitido traducir para que sea accesible a los miles y miles de filipenses, corintios, gálatas y hebreros que se acercan a estas páginas, dedicadas en principio a las parábolas de Jesús, y a los cuentos modernos que a ellas se pudieran asimilar.

Os dejo con el enlace a la carta de Pierre Durieux, director de comunicación de la Diócesis de Lyon.

Carta abierta a un sacerdote pedófilo, por Pierre Durieux. (Le Monde, 23 de marzo de 2010).

 Te odio. Te odio porque has herido a niños, su persona, su afectividad, su sexualidad, su identidad. Te odio, porque has traicionado tu triple vocación de hombre, de cristiano y de sacerdote.

 Yo soy padre, y si hubieras tocado a mi hijo, habría sentido ganas de tomarme la justicia por mi mano, de vengarme, puede ser incluso de matarte.

Benedicto XVI, en su Carta a la Iglesia de Irlanda del 19 de marzo [de 2010], te ha dedicado un párrafo entero. En él, no tiene pelos en la lengua: “Debéis responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos”. No creas que en esta frase hay una parte menos importante que la otra.

 En estos días, estás realmente tan presente en los medios de comunicación, que las tres “P” de la Cuaresma, plegaria, penitencia y piedad [oración, ayuno y caridad] han sido reemplazadas por las tres “P” de la sospecha: “presbítero posiblemente pedófilo”. Para siempre y para todos, la expresión “sacerdote pedófilo” debería ser una antítesis. Ahora y para algunos, ha llegado a ser una evidencia.

 Que el sacerdocio suscite desconfianza no es algo nuevo. François Mauriac, en 1931, evoca a los sacerdotes de su tiempo en estos términos: “Les espían. Mil voces denuncian a los que caen.” Pero ochenta años después, tus escándalos han llegado a ser tan graves que superan lo que “siglos de persecución no han llegado a conseguir…”: ensombrecer la luz del Evangelio.

Te odio. Te odio porque mientras caes bajo las luces de las cámaras, miles de hermanos tuyos se quedan permanentemente en la sombra. Su fidelidad no me consuela de tu infidelidad. Pero tu infidelidad no destruye sus esfuerzos. Por ejemplo, los esfuerzos de los sacerdotes de mi Diócesis [Lyon]: pobres por elección, en medio de tantas pobrezas no elegidas, servidores en medio de las naciones, creadores de fraternidad en los barrios, vigías de la esperanza, centinelas de la fe en el corazón de nuestras villas y de nuestras zonas rurales.

El sábado, el Papa te ha escrito: “Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios”.

Te odio, pero quiero respetarte porque creo que Jesús ha venido para curar a los enfermos y personar a los pecadores. Quiero creer que la curación y que la misericordia se extienden incluso a ti. Lo creo incluso más que los que no creen en esto, los que quieren acabar contigo, el cura pedófilo, los que quieren a menudo en realidad acabar más con el cura que con el pedófilo.

Me odio. Porque es posible que yo sea en parte responsable de lo que te ocurre. No he rezado por ti. A veces te critiqué. A menudo te dejé solo.

Benedicto XVI ha planteado un diagnóstico claro acerca de tu situación y te prescribe remedios eficaces para un camino de curación, de renovación y de reparación.

El hombre es pecador, el cristiano no es un hombre mejor que los demás, el sacerdote es falible. Pero la santidad no es un ideal imposible. Recemos para tener sacerdotes, santos sacerdotes, sacerdotes según el corazón de Dios. Es el sentido de la marcha programada para el 8 de mayo en Ars, donde más de diez diócesis van a converger en el pueblo del santo cura.

Cuidemos de nuestros sacerdotes.  Esta puede ser la enseñanza de este año sacerdotal: todos no son llamados, pero todos son responsables de la forma en que algunos responden a esta llamada. Estaremos entonces felices de decir con San Juan María Vianney: “Un buen pastor es el tesoro mayor que el buen Dios puede regalar a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la divina misericordia.”

Pierre Durieux es vicepresidente de la Universidad de Comunicadores Católicos, director de comunicación de la Diócesis de Lyon.

PD: No soy traductor profesional. Se puede consultar el original en el enlace que he puesto más arriba, en el título de la carta.

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