31.- El caballo y el asno (Egoísmo y colaboración)

Iban, mas no sé adonde ciertamente,
un caballo y un asno juntamente;
este cargado, pero aquel sin carga.
El grave peso, la carrera larga
causaron al borrico tal fatiga,
que la necesidad misma le obliga
a dar en tierra. «Amigo compañero,
no puedo más, decía; yo me muero.
Repartamos la carga, y será poca;
si no, se me va el alma por la boca.»
Dice el otro: «Revienta enhorabuena:
¿Por eso he de sufrir la carga ajena?
Gran bestia seré yo si tal hiciere.
Miren y qué Borrico se me muere.»
Tan justamente se quejó el jumento,
que expiró el infeliz en el momento.
El caballo conoce su pecado,
pues tuvo que llevar mal de su grado
los fardos y aparejos todo junto,
ítem más el pellejo del difunto.

Juan, alivia en sus penas al vecino;
y él, cuando tú las tengas, dete ayuda;
Si no lo hacéis así, temed sin duda
que seréis el caballo y el pollino.

                     Félix María Samaniego

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3 thoughts on “31.- El caballo y el asno (Egoísmo y colaboración)

  1. Hola Tineo,soy tu único lector,jejeje. Tan sólo pasr para saludarte y desearte un buen día para mañana. Yo estoy librando,y entre lectura y lectura,le echo un vistazo a Infocatólica y a otras cosillas. Un abrazo.

  2. El caballo de la foto sin duda le tiene más aprecio al borrico. 😀

    Lamentablemente la fábula me hace sentir más identificado con el caballo que con el borrico. Por todas aquellas veces que, yendo por la calle, no he sabido auxiliar a una anciana que, torpemente, iba a depositar unas bolsas al cubo de la basura, o aquellas ocasiones en que un ciego se disponía a cruzar una calle y, por aquello de “hay otro más cerca”, no me he acercado yo. 😐

    Los cristianos, en cambio, nos deberíamos caracterizar por hacer más llevadero el peso de los demás y la calle es, precisamente, uno de los escenarios más necesitados de esa presencia humanizadora nuestra.

  3. Gracias por la entrada y el saludo, César. En este caso tengo pruebas de al menos dos lectores, jeje.

    Amfortas, dices bien. A veces, sobre todo en las grandes ciudades, el hombre está solo en medio de una multitud ajetreada que camina muy serie, pensando en sus agobios y prisas, y aislada de los demás.

    Tendríamos que ser sal en ese “guiso”…

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