The Parables of Jesus Christ (en inglés)

Jesus Christ told numerous parables as recorded in the New Testament of the Holy Bible. According to the dictionary a parable is a story designed to teach a moral. Ah, but they are so much more. Depending upon the level of understanding a parable can be just a simple story or an elaborate display of God’s love for us. As our understanding of God deepens so do new levels of understanding of his parables occur. The following parables are beautiful expressions of God’s love for each and every one of us. Many of the parables in the book of Matthew are repeated in slightly different versions and recorded by other disciples – in Mark, Luke or John.

Scroll down to desired verse or parable. Or select from the following books of the bible: MatthewMark LukeJohn


The Gospel of St. Matthew contains the following parables:

Matthew 7: 24-27
Matthew 13: 3-23
Matthew 13: 24-30
Matthew 13: 31-32
Matthew 13: 33
Matthew 13: 44
Matthew 13: 45-46
Matthew 13: 47-50
Matthew 18: 12-14
Matthew 18: 23-35
Matthew 20: 1-16
Matthew 21: 28-32
Matthew 21: 33-44
Matthew 22: 1-14
Matthew 24: 32
Matthew 25: 1-13
Matthew 25: 14-30
The Wise and the Foolish Builders
The Sower
The Tares
The Mustard Seed
The Leaven
The Hidden Treasure
Pearl of Great Price
Drawing in the Net
The Lost Sheep
Unmerciful Servant
Laborers in the Vineyard
The Two sons
The Wicked Husbandman
Marriage of the King’s Son
Leafing Fig Tree
The Ten Virgins
Ten Talents

The Gospel of St. Mark contains the following parables:

Mark 4: 1-20
Mark 4: 26-29
Mark 4: 30-32
Mark 12: 1-12
Mark 13: 28-29
Mark 13: 34-37
The Sower
Seed Growing Secretly
The Mustard Seed
The Wicked Husbandman
The Leafing Fig Tree
Man Going On a Far Journey

The Gospel of St. Luke contains the following parables:

Luke 7: 41-47
Luke 8: 5-15
Luke 10: 30-37
Luke 11: 5-8
Luke 12: 16-21
Luke 12: 35-40
Luke 13: 6-9
Luke 13:18-19
Luke 13: 20-21
Luke 14: 3-7
Luke 14: 15-24
Luke 15: 8-10
Luke 15: 11-32
Luke 16: 1-9
Luke 16: 19-31
Luke 18: 1-8
Luke 18: 9-14
Luke 19: 11-27
Luke 20: 9-18
The Two Debtors
The Sower
The Good Samaritan
The Friend at Night
The Rich Fool
Servants Waiting for Their Lord
The Barren Fig Tree
The Mustard Seed
The Leaven
The Lost Sheep
The Great Supper
Lost Money
The Prodigal Son
The Unjust Steward
The Rich Man and the Beggar Lazarus
The Importunate Widow
Pharisee and the Publican
Parable of the Pounds
The Wicked Husbandmen

The Gospel of St. John contains the following parables:

John 10: 11-18
John 15: 1-5
Good Shepherd
The Vine

Fuente: http://www.comportone.com/cpo/religion/christian/parables/list.htm

Los dos enfermos

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. La cama de uno de ellos daba a la única ventana de la habitación. Su compañero, pegado a la puerta, estaba completamente inmovilizado, sin ni siquiera poder girar el cuello para mirar a través de ella. Cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana. La ventana daba a un parque con un precioso lago, patos y cisnes que jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la silueta de la ciudad. Mientras el hombre de la ventana describía todo ésto con detalle exquisito, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba las idílicas escenas. Así pasaron días y semanas.

Una mañana, cuando la enfermera de turno entró al cuarto para bañarlos, encontró el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Ansioso por tener unas mejores vistas, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama del lado de la ventana. La enfermera le cambió encantada y, le dijo que le ayudaría a colocarse de forma que pudiera ver algo. Lentamente y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior en muchas semanas. Un pequeño esfuerzo más y lo conseguiría… Encontrada la posición, se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana… y se encontró con la pared de un edificio contiguo.

El hombre, desconcertado, preguntó a la enfermera qué podría haber motivado a su compañero el describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le dijo:

“Su compañero era ciego, ni siquiera sabía que enfrente había una pared. Está claro que lo único que pretendía era animarlo a usted”.

El falso profeta y los tigres (Paulo Coelho)

El falso profeta llegó a la aldea y aterrorizó a todo el mundo con amenazas de males que vendrían del bosque. Las personas, asustadas, reunieron una enorme cantidad de dinero y se la entregaron a este hombre con el objetivo de que alejase de ellos aquellos peligros.

El hombre compró algunos panes viejos, y empezó a arrojarlos a trozos alrededor del bosque, recitando palabras incomprensibles. Un muchacho se le acercó: ­¿Qué está usted haciendo? ­Estoy salvando a tus padres, a tus abuelos y a tus amigos de la amenaza de los tigres.

¿Tigres? ¡Pero si no hay tigres en este país! ­Gracias a mi magia ­dijo el falso profeta­, que, como puedes ver, funciona siempre.

El muchacho aún quiso replicar alguna cosa, pero los habitantes decidieron expulsarlo de la ciudad, pues estaba estorbando el trabajo de aquel hombre santo.

Paulo Coelho

El país de las cucharas largas

Cuentan que viajaba un extranjero por un país extraño y, perdido como estaba a causa de un mapa más bien escaso de indicaciones, el azar lo condujo hasta un minúsculo pueblo que parecía estar formado únicamente por dos enormes casas, una a cada lado de la carretera. “Bienvenido al País de las Cucharas Largas”, saludaba un letrero a la entrada del pueblo. Pero lo cierto es que no se veía un alma. No fue hasta que aparcó el coche y paró el motor que le pareció escuchar algún tipo de murmullo, ruidos, voces apagadas y lejanas.

  Se bajó del coche con la esperanza de encontrar a alguien que le indicase cómo volver a la carretera principal y se dirigió a la casa de donde parecían proceder tan sordo jaleo. Lo cierto es que conforme se fue acercando a la entrada los sonidos procedentes del interior iban haciéndose cada vez más fuertes. Al principio el extranjero se animó ante la evidencia de que allí había gente. Tal vez, pensó, estén todos celebrando alguna reunión vecinal. Pero en cuento atravesó el umbral del edificio su ánimo se transformó en preocupación. Ahora, claramente, se oían gritos, lamentos, llantos…

  Apresurado por prestar auxilio el extranjero encontró la habitación de donde provenía semejante algarabía. Y cuál fue su sorpresa cuando, al abrir las puertas, se encontró con una sala de banquetes, llena de largas y blancas mesas, y sobre ellas una extraordinaria abundancia de comida. Platos de todo tipo, carnes de las más variadas, frutas, postres, mariscos, inmensas tartas decoradas… A pesar de lo cual los comensales allí reunidos no dejaban de llorar desconsoladamente, de gritar hasta el desespero. Todos tenían una delgadez extrema, la cara demacrada, los huesos de las… ¡Cielos! Se fijó el extranjero. No tenían manos. En su lugar tenían enormes y largas cucharas. Unas cucharas extremadamente largas. Tan largas que resultaba imposible llevarse nada a la boca. ¡Dios mío, la gente estaba llorando de hambre!

  Por supuesto que en cuanto lo vieron entrar todos intentaron abalanzarse sobre él, en un intento desesperado por que les ayudase a comer. Afortunadamente, el extranjero supo reaccionar a tiempo y salir huyendo.

   Las prisas y la inercia lo llevó a refugiarse al edificio de enfrente. Y a penas cuando le asaltó el temor de volver a encontrarse con una situación similar lo que escuchó fue una dulce música y risas. Parecía… Sí parecía una… ¿fiesta? No dudó en acercarse a fisgonear y en efecto, en una sala muy parecida a la del edificio anterior, encontró una enorme sala de banquetea, llena de largas y blancas mesas, y sobre ellas la misma extraordinaria abundancia de comida. Pero allí la gente era feliz. Carecían de manos, como sus vecinos. En su lugar también tenían enormes y largas cucharas que les impedían llevarse la comida a la boca. Pero allí todo el mundo estaba alimentado. Cada comensal, pausada y cariñosamente, daba de comer a su pareja de mesa.

 

El falso maestro (Anónimo hindú)

Falso maestro (lobo con piel de cordero)

Era un renombrado maestro; uno de esos maestros que corren tras la fama y gustan de acumular más y más discípulos. En una descomunal carpa, reunió a varios cientos de discípulos y seguidores. Se irguió sobre sí mismo, impostó la voz y dijo:

-Amados míos, escuchen la voz del que sabe.

Se hizo un gran silencio. Hubiera podido escucharse el vuelo precipitado de un mosquito.

-Nunca deben relacionarse con la mujer de otro; nunca. Tampoco deben jamás beber alcohol, ni alimentarse con carne.

Uno de los asistentes se atrevió a preguntar:

-El otro día, ¿no eras tú el que estabas abrazado a la esposa de Jai?

-Sí, yo era -repuso el maestro.

Entonces, otro oyente preguntó:

-¿No te vi a ti el otro anochecer bebiendo en la taberna?

-Ése era yo -contestó el maestro.

Un tercer hombre interrogó al maestro:

-¿No eras tú el que el otro día comías carne en el mercado?

-Efectivamente -afirmó el maestro. En ese momento todos los asistentes se sintieron indignados y comenzaron a protestar.

-Entonces, ¿por qué nos pides a nosotros que no hagamos lo que tú haces?

Y el falso maestro repuso:

-Porque yo enseño, pero no practico.

* Así somos muchas veces los cristianos, incluso los que realizan actividades pastorales. No basta predicar la fraternidad universal y la filiación divina con hermosas .y tantas veces vacías- palabras, el testimonio cotidiano ha de hacer exclamar a los paganos: ¡Mirad cómo se aman!

El relojero (Mamerto Menapace, OSB)

 

De esto hace mucho tiempo. Época en la que todavía todo oficio era un arte y una herencia. El hijo aprendía de su padre, lo que éste había sabido por su abuelo. El trabajo heredado terminaba por dar un apellido a la familia. Existían así los Herrero, los Barrero, la familia de Tejedor, etcétera.

Bueno, en aquella época y en un pueblito perdido en la montaña, pasaba más o menos lo mismo que sucedía en todas las otras poblaciones. Las necesidades de la gente eran satisfechas por las diferentes familias que con sus oficios heredados se preocupaban de solucionar todos los problemas. Cada día, el aguatero con su familia traía desde el río cercano toda el agua que el pueblito necesitaba. El cantero hacía lo mismo con respecto a las piedras y lajas necesarias para la construcción o reparación de las viviendas. El panadero se ocupaba con los suyos de amasar la harina y hornear el pan que se consumiría. Y así pasaba con el carnicero, el zapatero, el relojero. Cada uno se sentía útil y necesario al aportar lo suyo a las necesidades comunes. Nadie se sentía más que los otros, porque todos eran necesarios.

Pero un día algo vino a turbar la tranquila vida de los pobladores de aquella aldea perdida en la montaña. En un amanecer se sintió a lo lejos el clarín del heraldo que hacía de postillón o correo. El retumbo de los cascos de caballo se fue acercando y finalmente se lo vio doblar la calle que daba entrada al pueblito: un caballo sudoroso que fue frenado justo delante de la puerta de la casa del relojero. El heraldo le entregó un grueso sobre que traía noticias de la capital. Toda la gente se mantuvo a la expectativa a la puerta de sus casas a fin de conocer la importante noticia que seguramente se sabría de un momento al otro.

Y así fue efectivamente. Pronto corrió por todo el pueblo la voz de que desde la capital lo llamaban al relojero para que se hiciera cargo de una enorme herencia que un pariente le había legado. Toda la población quedó consternada. El pueblito se quedaría sin relojero. Todos se sintieron turbados frente a la idea de que desde aquel día, algo faltaría al irse quien se ocupaba de atender los relojes con los que podían conocer la hora exacta.

Al día siguiente una pesada carreta cargada con todas las pertenencias de la familia, cruzaba lentamente el poblado, alejándose quizás para siempre rumbo a la ciudad capital. En ella se marchaba el relojero con toda su gente: el viejo abuelo y los hijos pequeños. Nadie quedaba en el lugar que pudiera entender de relojes.

La gente se sintió huérfana, y comenzó a mirar ansiosamente y a cada rato el reloj de la torre de la Iglesia. Otro tanto hacía cada uno con su propio reloj de bolsillo. Con el pasar de los días el sentimiento comenzó a cambiar. El relojero se había ido y nada había cambiado. Todo seguía en plena normalidad. El aparato de la torre y los de cada uno seguía rítmicamente funcionando y dando la hora sin contratiempo alguno.

-¡Caramba!- se decía la gente. Nos hemos asustado de gusto. Después de todo, el relojero no era una persona indispensable entre nosotros. Se ha marchado y todo sigue en orden y bien como cuando él estaba aquí. Otra cosa muy distinta hubiera sido sin el panadero. No había porqué preocuparse. Bien se podía vivir sin el ausente.

Y los días fueron pasando, haciéndose meses. De pronto a alguien se le cayó el reloj, y aunque al sacudirlo comenzó a funcionar, desde ese día su manera de señalar la hora ya no era de fiar. Adelantaba o atrasaba sin motivo aparente. Fue inútil sacudirlo o darle cuerda. La cosa no parecía tener solución. De manera que el propietario del aparato decidió guardarlo en su mesita de luz, y bien pronto lo olvidó al ir amontonando sobre él otras cosas que también iban a para al mismo lugar de descanso.

Y lo que le pasó a esta persona, le fue sucediendo más o menos al resto de los pobladores. En pocos años todos los relojes, por una causa o por otra, dejaron de funcionar normalmente, y con ello ya no fueron de fiar. Recién entonces se comenzó a notar la ausencia del relojero. Pero era inútil lamentarlo. Ya no estaba, y esto sucedía desde hacía varios años. Por ello cada uno guardó su reloj en el cajón de la mesa de luz, y poco a poco lo fue olvidando y arrinconando.

Digo mal al decir que todos hacían esto. Porque hubo alguien que obró de una manera extraña. Su reloj también se descompuso. Dejó de marcar la hora correcta, y ya fue poco menos que inútil. Pero esta persona tenía cariño por aquel objeto que recibiera de sus antepasados, y que lo acompañara cada día con sus exigencias de darle cuerda por la noche, y de marcarle el ritmo de las horas durante la jornada. Por ello no lo abandonó al olvido de las cosas inútiles. Cierto: no le servía de gran cosa. Pero lo mismo, cada noche, antes de acostarse cumplía con el rito de sacar el reloj del cajón, para darle fielmente cuerda a fin de que se mantuviera funcionando. Le corregía la hora más o menos intuitivamente recordando las últimas campanadas del reloj de la iglesia. Luego lo volvía a guardar hasta la noche siguiente en que repetía religiosamente el gesto.

Un buen día, la población fue nuevamente sacudida por una noticia. ¡Retornaba el relojero! Se armó un enorme revuelo. Cada uno comenzó a buscar ansiosamente entre sus cosas olvidadas el reloj abandonado por inútil a fin de hacerlo llegar lo antes posible al que podría arreglárselo. En esta búsqueda aparecieron cartas no contestadas, facturas no pagadas, junto al reloj ya medio oxidado.

Fue inútil. Los viejos engranajes tanto tiempo olvidados, estaban trabados por el óxido y el aceite endurecido. Apenas puestos en funcionamiento, comenzaron a descomponerse nuevamente: a uno se le quebraba la cuerda, a otro se le rompía un eje, al de más allá se le partía un engranaje. No había compostura posible para objetos tanto tiempo detenidos. Se habían definitiva e irremediablemente deteriorado.

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Solamente uno de los relojes pudo ser reparado con relativa facilidad. El que se había mantenido en funcionamiento aunque no marcara correctamente la hora. La fidelidad de su dueño que cada noche le diera cuerda, había mantenido su maquinaria lubricada y en buen estado. Bastó con enderezarle el eje torcido y colocar sus piezas en la posición debida, y todo volvió a andar como en sus mejores tiempos.

La fidelidad a un cariño había hecho superar la utilidad, y había mantenido la realidad en espera de tiempos mejores. Ello había posibilitado la recuperación.

La oración pertenece a este tipo de realidades. Tiene mucho de herencia, poco de utilidad a corta distancia, necesidad de fidelidad constante, y capacidad de recuperación plena cuando regrese el relojero.

Mamerto Menapace, OSB – Publicado en el libro Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.

oración en familia

Guía para el trabajo pastoral con el cuento El relojero por Marcelo A. Murúa
Lectura
Realizar la lectura del cuento en grupo. Es importante que todos los presentes tengan una copia del texto. Se pueden ir turnando dos o tres personas para leer el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al terminar la lectura entre todo el grupo se reconstruye el relato en forma oral (se lo vuelve a contar).
¿Qué sucede en el relato?
¿Qué pasa cuando el relojero se marcha?
¿Cómo actuaron las personas ante la falta del relojero?
¿Qué sucedió al regreso del relojero?
Descubriendo el mensaje
Hacia el final del cuento se compara la oración con la actitud de la persona que había mantenido funcionando su reloj, ¿por qué?
Releer el último párrafo del cuento, compartir las características de la oración que allí se mencionan, ¿qué pensamos? ¿cuál es nuestra experiencia?
¿Qué lugar ocupa la oración en nuestra vida? Compartir cómo oramos, de qué manera, cuándo…
Compromiso para la vida
Sintetizar en una frase el mensaje del cuento para nuestra vida.

+ AA Juan Pablo II sep. 2004 BIS

Mamerto Menapace OSB, con San Juan Pablo II en 2004